Ismael Cortés
Afirma Ortega y Gasset (El espectador, Madrid, Calpe, 1921, tomo III, pág. 9) que cuando cerramos un libro, después de la lectura, deja en nosotros un instantáneo vacío espiritual, dentro del cual se precipitan en torbellino ideas, recuerdos, alusiones, gérmenes de ensueños, apetitos que dormitaban y, en vaga nube de oro, polvo de teorías. Son nuestras resonancias de lector. El aserto no podía ser mejor para señalar justamente lo que a mí me sucedió cuando concluí Parque Salzburgo. Y dice el filósofo español que ese fenómeno dura unos momentos, y que, dejándolos pasar, podremos hacer sobre aquel libro un estudio crítico más o menos sabio y reflexivo, pero que no conseguiremos fijar aquellas espontáneas resonancias que, rápidas y en vuelo apasionado, deja escapar nuestra intimidad.
Acaso impedido o incapacitado para afrontar ese estudio sabio y reflexivo, yo querría ahora enarbolar esa preceptiva literaria y escudarme en ella para compartir con ustedes esas espontáneas resonancias de lector, que son producto de una intimidad que justo ahora develaré para la posteridad.
Conocí Parque Salzburgo desde sus orígenes, desde su incipiente germinación, incluso desde que a mi amigo Armando le brotaron las primeras imágenes de esa novela, y me las confió, con ese entusiasmo febril y pueril que suelen tener los artistas. Hablo, por supuesto, de hace más de quince años.
Al principio no comprendía yo el meollo de ese trasunto de recrear, a través de un pretendido parque de diversiones, los horrores del holocausto judío. Debió transcurrir mucho tiempo para, que al fin, se me apareciera la historia en toda su magnificencia. De modo que mi sorpresa siempre me la guardé y él aprovechaba bastante bien eso, porque mientras escribía su novela, donde sea que nos viéramos, con las respectivas familias o cuando él y yo nos reuníamos para comer juntos, en algún momento extraía de entre sus ropas unas cuartillas recién impresas y me decía: “Escribí otro fragmento de mi novela: ¿quieres leerlo?”. Comprenderán ustedes que nunca pude negarme. La amistad tiene su precio. Entonces lo leía, poniéndome al tanto también de la parte en la que se desarrollaba la odisea de Milo y su abuelo Ato, en el maravilloso Parque Salzburgo.
Después de la lectura comentábamos las peripecias de los personajes, acaso yo le preguntara alguna nimiedad sobre el revés de la trama, le sugería alguna modificación gramatical o le inquiría sobre algún pasaje que me pareciera levemente oscuro o, en todo caso, le mostraba mi gusto o admiración por alguna frase o un párrafo muy bien trabajados. Creo que esto era lo que más le gustaba.
Así fue construyendo su historia y yo asistía con él cada vez que Tunda o Lutero entraban en escena y fortalecían los cimientos de aquel parque que jamás imaginamos, él y yo, que sería muy famoso, pues no sólo obtuvo el reconocimiento en el Concurso Internacional de Novela Sergio Galindo, sino que, como lo augura el maestro Jaime Velázquez, algún día habrá de convertirse en una película, que trascienda todas las fronteras.
De modo que el maestro Armando Rodríguez terminó su novela y estoy plenamente seguro –exigente y puntilloso e implacable como es— que debió revisarla una y otra vez, corrigiendo y enriqueciendo su obra.
No volví a leerla sino hasta que –gracias a un milagro advenedizo— finalmente la publicaron y me regaló un ejemplar. La empecé y ya no pude dejarla. Esto que digo es verdad. Porque no fue lo mismo leer fragmentos aislados que tener ya, como un todo perfectamente integrado, las hazañas del valeroso Milo y su abuelo, el doblemente sobreviviente –él sí, del éxodo judío y del parque—, el ingeniero Gustavo Mayer.
Dice el lugar común que la realidad supera a la ficción. Ya lo sabíamos, y si quedara alguna duda basta leer entonces Parque Salzburgo. En estos tiempos en que impera el cinismo en todas partes, no dudamos que a algunas mentes siniestras se les ocurra verdaderamente recrear la matanza de Tlaltelolco, o la de Acteal, o, quizá, las guerras floridas que practicaban los antiguos habitantes de la gran Tenochtitlán. Bueno, justo ahora descubro que ya lo han hecho, con novedosas variantes.
No querría pontificar ahora, como suelen hacerlo todos los críticos de arte –porque además ni siquiera me considero un crítico, y creo que nadie en su sano juicio lo haga—, pero me parece que Parque Salzburgo es una obra que ocupará un lugar importante en la literatura mexicana. Ni mucho menos querría aventurar calificativos hiperbólicos para juzgarla. Tengo para mí que es una gran novela, que contiene variados elementos de los que puede alguien aferrarse para elaborar ese estudio crítico, sabio y reflexivo, que exigía Ortega y Gasset.
Podría mencionar, sin embargo, a guisa de meros destellos, que el argumento es bastante original, que no conozco en la literatura mexicana ninguna obra que se le parezca: me refiero, por supuesto, a este tipo de ficción, que a los críticos les cuesta tanto trabajo encasillar, y, más aún, podría aventurar que a partir de aquí, de esta novela que disfrutarán los lectores, en el sentido estético, pronto habrá muchos epígonos del Parque Salzburgo.
Es cierto, hay muchos autores que han abordado ese tema, que nunca dejará de avergonzarnos como seres humanos, pero también es cierto que ninguno se había tratado como lo hace Parque Salzburgo.
Asimismo, debo asentar que esta obra es valiosa en muchos sentidos: en cuanto al lenguaje, que es ceñido, preciso, muy depurado, y, sobre todo, es puramente visual. Diría que es una novela rica en imágenes. El desprevenido lector ve de inmediato que los personajes centrales están registrándose para ingresar en el parque, y justo a partir de ahí empezará la aventura.
Por lo demás, yo sólo me quedo con esa brizna de esperanza que el autor nos regala, ya casi al final de la obra, cuando Milo y el abuelo están a un paso de la salvación. Después de la angustiosa persecución por los túneles, durante toda la noche, logran salir, al amanecer, al bosque. La luz primigenia del día los encuentra inermes y agotados, hay un viento húmedo y frío, pero el abuelo intenta animar el espíritu quebradizo de Milo y comienza a silbar una canción infantil, porque el indomable ingeniero Mayer sabe que sí, que ahí estaba, que “La belleza del mundo permanecía intacta a pesar de la maldad de los hombres.” Sí, me quedo con esa verdad irrefutable.